viernes, 22 de junio de 2012

BOTÍN TRAPEADO



La revolución internacional en mi casa comenzó cuando mi viejo me dijo que se iba con Cobreloa a Uruguay, la mezcla de emoción provocó el espasmo instantáneo de correr a ponerme la camiseta naranja (con el 8 de Merello) y buscar mi banderita más cercana para celebrar la aventura futbolera que nos anunciaba mi viejo.
Ya en el aeropuerto, camino recorrido con bandera naranja al viento, la conmoción y espasmos no daban en mi al ver que mi viejo se iba en el avión, además de con su corbata nueva,…con los Zorros del Desierto…. Siiii, en el mismo avión iban los ídolos que veía domingo por medio en el estadio, miraba con ojos redondeados y azulosos al Mocho, al Trapo Olivera, al Juvenil Puebla, a Tabilo, a Soto (y a su esposa Vicky), Wirth, al Lete…increíble!!!, pero llega la despedida, el abrazo a mi viejo, que más que un abrazo al padre lo sentí como un abrazo de hincha a hincha, que motivó el traspaso de mi estandarte naranja para que lo agite en ese Centenario estadio.

Eran las semifinales de la Copa Libertadores de 1981 y la emoción no me dejaba dormir esperando, los partidos de Cobreloa con Nacional primero y con Peñarol después, partidos que mi papá vería en ese Centenario, partidos que esperé con otro estandarte loíno izado en el pabellón patrio de mi casa, como correspondía.

Nunca vi gritar a mi mamá como celebró los 2 goles a Nacional y el gol a Peñarol…estábamos felices por el triunfo y por haber divisado a mi papá saltando con mi banderita al viento celebrando los goles en los dos partidos.

De regreso mi viejo, como un motín de guerra me hace entrega de una camiseta de Peñarol que un señor, uruguayo, de la tribuna se la había cambiado por mi bandera y le dijo que desde ahora el era hincha de Cobreloa, lo malo, era que esa camiseta era grande, de adulto……pero me la ponía siempre cuando llegaba del Colegio y jugaba fútbol en el patio de mi casa 8. Pero todo terminó cuando, luego de los largos recorridos en bicicleta de los sábados en la mañana, llego a mi casa y veo a mi mami, limpiando el piso de la cocina con un nuevo trapero…un trapero amarillo y negro…un trapero de origen uruguayo, mojado y roto…un trapero de guerra, un trapero del que por años guardé algunos trozos que se desvanecieron como el agua con detergente que esparcía, pero que nunca desvaneció su gloriosa entrega y los tres goles que más he gritado en mi vida.